El Río Bravo o Río Grande, que sirve de frontera por tramos a Estados Unidos y México.

No había caído en cuenta tan claramente. O quizás no quise caer en cuenta. Pero la foto de Óscar y su hija Valeria a orillas del Río Bravo definitivamente había tocado “carne”, como decimos en Perú. No solo la mía. La del mundo entero. La del propio Papa Francisco.

No había caído en cuenta y no fue sino hasta que Mons. Alfonso Miranda, secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano, me lo señaló directamente al concluir una entrevista: tú lo entiendes, ¿verdad David? Me fui por la tangente. Tú lo entiendes, ¿verdad David? Tú con tu hija.

Y ahí golpeó aún más. Sí, lo entiendo. Óscar y Valeria podríamos ser David y Sofía. Tania podría ser Fiorella.



Podría estarle dando cuentas de mi vida a Dios.

Hasta hace relativamente poco es que tomé conciencia clara del drama migrante.

Estaba yo en San Salvador, a pocos días de la beatificación del hoy San Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo mártir. El conductor del taxi que me llevaba del hotel al arzobispado era joven, no más de 25 años. Y ya había vivido en (y sido deportado de) Estados Unidos.

Le pregunté cómo fue todo y no tuvo problema en contarme la historia. Con cinco mil dólares, me dijo, cruzó México. Una vez en la frontera, sobrevivir al desierto, dormir en una de esas bolsas de muertos para protegerse de la intemperie. Un poco más de caminata y ahí estaba Phoenix, Arizona.



Pero no tan fácil. Lo más difícil, me dijo, eran los federales mexicanos. Les basta verte la cara para saber de dónde vienes y a dónde vas y obligarte a emprender reversa, me juró.

Él, les recuerdo, logró llegar a Estados Unidos y vivir ahí por un tiempo. Un día de esos de mala suerte, la policía lo detuvo conduciendo su automóvil y game over.

Le siguieron meses de una a otra prisión estadounidense hasta que por fin lo deportaron de vuelta a El Salvador.

Y tras contarme toda su aventura, no tenía reparo en decirme que estaba juntando dinero para volver a ir al norte. Ni lo sufrido al cruzar México ni al cruzar la frontera ni los meses previos a la deportación lo habían convencido de que no era una buena idea.

¿Así o en dibujos se explica cuán desesperados viven muchos en Centroamérica como para emprender el viaje muchas veces mortal hacia Estados Unidos?



Hoy no eres tú, no soy yo. Pero se me hace hoy muy fácil entender esa desesperación.

Claro que sí. Que los estados deberían brindar todas las oportunidades para que los ciudadanos no se vean en esa desesperación muchas veces fatal. Que sí, idealmente todos deberíamos vivir, y bien, en el lugar donde nacimos.

Y que idealmente todos, como hicimos Fiorella y yo, deberíamos seguir el camino legal de la migración.

Pero, ¿quién soy yo para juzgar? Un trujillano que vivió en Iquitos, que se mudó casado a Lima por trabajo y hoy radica en la bella Ciudad de México contemplando a su primogénita mexicana que comienza a decir “agú”. ¿Quién soy yo para juzgar? Pues que yo también soy migrante.